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16 de agosto de 2026

Mi forma de acompañar

Cuando el cuerpo empezó a mostrarme el camino

En el inicio me dediqué sobre todo a la biomecánica y a la fisiología: entender cómo funcionaba el cuerpo, reconfortar y acompañar desde el tacto.

Pero la realidad de la consulta me abrió la panorámica y me hizo descubrir que nada es un hecho aislado, que todo está interconectado.

¿Qué me llevó a esto?

Incluso antes de estudiar reflexología podal, los pies eran para mí la base, la raíz, la referencia de cómo la persona se situaba en el mundo. El calibre de la pisada, los puntos de apoyo, la distribución del peso, la alineación del pie… todo transmitía información sobre su posicionamiento en el mundo. Lo traduzco así:

la estática de la columna depende de nuestra forma de pisar, y nuestra forma de pisar, de nuestra caracterología.

Observé primero que la variación en los puntos de apoyo indicaba cómo la columna respondería por gravedad,

equilibrando el peso para ajustar esa variación. Esto permitía valorar las zonas de fricción, las contracturas y la estática de la columna.

Con el tiempo incorporé la reflexología podal, la quiropraxia y la digitopresión a los tratamientos, y la panorámica se amplió aún más: los pies empezaron a reflejar también el estado fisiológico, la caracterología, el estado de ánimo.

La pisada pasó a informar de la manera de afrontar las situaciones y de la capacidad de materializar — de aterrizar las ideas.

No se trata de hacer preguntas al azar, ni de conducir a la persona hacia una respuesta determinada. Parece un poco loco, pero con los años esto se ha convertido en un mapa de coordenadas que abre la sesión y la conduce de forma no casual — un flujo concreto que me guía en las preguntas llave, que no depende de mí.

La propia observación va señalando dónde detenerme, qué preguntar, cuándo avanzar.

Marca el ritmo de la sesión y provoca, en quien está en la camilla, un estado de introspección. Un recorrido guiado por un mapa y una brújula concreta que susurra el camino.

Así, sin quererlo, cada sesión es única: empieza en los pies y termina en la cabeza, integrando los pulsos y los movimientos activados.

No era solamente una cuestión mecánica

Empecé a preguntarme qué había detrás de esa manera particular de sostenerse, de apoyarse, de avanzar o de resistirse. Poco a poco comprendí que la sesión no tenía por qué depender de lo que yo creyera que debía suceder. Era el propio cuerpo, a través de sus respuestas, el que iba trazando el recorrido. Mi función era aprender a escuchar esas señales y acompañar el proceso.

La sesión se abre en ese primer contacto con los pies, que va determinando el contexto en el que accionar: fisiológico, estructural, mental-emocional y, según la persona, también espiritual. Les brinda un paseo por su propia vida, en el que descubrir lo que resta en cualquier plano, para desbloquearlo, liberarlo y soltarlo.

A medida que mi sensibilidad evolucionaba e iba descubriendo nuevas fuentes de conocimiento, llegaron las sesiones donde el tiempo se abre y las dimensiones se tocan. Ahí se trasciende lo tangible y aparecen otros mundos, otros tiempos, en el sentido más amplio de la palabra — se descubre que existen diferentes planos donde se almacena la memoria.

Y lo más importante: en cualquiera de esos planos, en cualquier nivel, puede estar el dique o el bloqueo por restaurar.

Descubrir el micro universo que representas. Y descubrirte.

¿Resuenas con lo que has leído?

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