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17 de septiembre de 2026

Aprender a soltar

Hay identidades que un día nos sostuvieron y hoy nos limitan. Una reflexión de otoño sobre soltar lo que ya ha cumplido su función — y dejar espacio para lo que viene.

En ocasiones he observado cómo las personas llegamos a tomar aquello con lo que nos identificamos como parte de nuestra identidad, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, también podemos estar limitando nuestra capacidad de respuesta.

No hablamos solamente de posesiones materiales. Podemos identificarnos con una profesión, con una relación, con una forma de hacer las cosas, con una creencia, con un papel que hemos desempeñado durante años, e incluso con la mirada del otro.

A veces el reconocimiento de los demás nos devuelve una imagen de quienes somos: la que cuida, la que sabe, la que sostiene, la que resuelve, la que siempre está.

Y aquello que en un momento determinado nos ha nutrido, nos ha dado un lugar o nos ha ayudado a crecer, puede llegar a convertirse en una forma de definirnos.

Entonces nuestro margen de movimiento se estrecha.

La respuesta queda acotada dentro de un pequeño rango de posibilidades: las que conocemos, las que hemos aprendido, las que encajan con aquello que creemos que somos.

Quizás por eso soltar no siempre resulta fácil.

Porque a veces no soltamos solamente algo que tenemos, sino que el reto es soltar algo con lo que nos hemos identificado.

Nos identificamos con lo que hacemos, con lo que sabemos, con el lugar que ocupamos, con las personas que nos rodean. Incluso con la mirada que los demás tienen sobre nosotros.

A veces sabemos quiénes somos porque alguien nos reconoce.

Somos la que cuida, la que sabe, la que sostiene, la que escucha, la que resuelve.

Y mientras ese reconocimiento nos alimenta, puede dar mucho más miedo soltar lo que nos somete, o ver el precio que estamos pagando.

Porque si dejo de ser quién cuida, ¿quién soy?

Si dejo de hacer aquello que durante años me ha definido, ¿qué queda de mí?

Si ya no necesito aquello que durante tanto tiempo me sostuvo, ¿cómo sé hacia dónde ir?

Pero quizá evolucionar tenga algo que ver precisamente con esto: con aceptar que aquello que nos ha nutrido en una etapa puede dejar de hacerlo en otra.

No porque estuviera equivocado, ni porque sea malo, ni porque tengas que renegar de lo vivido y olvidar lo que te aportó.

Sino porque ha cumplido su función.

Es reconocer que aquello que un día nos nutrió, en este momento ya no lo hace.

Reconocer lo que aquello nos dio, agradecerlo y aceptar que ya no podemos seguir viviendo de ello.

Porque aferrarnos a lo que un día nos alimentó puede impedirnos descubrir aquello que ahora nos nutre.

En otoño, la naturaleza suelta todo lo que ya ha completado su ciclo… para reposarlo y volver a comenzar en un nuevo ciclo.

Los árboles sueltan las hojas cuando han cumplido su función. No porque sean inútiles, ni porque hayan sido un error, sino porque ya han hecho aquello para lo que estaban destinadas.

La hoja cae. Esto hace que el árbol quede aparentemente más desnudo, más vacío.

Pero ese vacío no es ausencia. Es espacio para lo que vendrá.

Evolucionar también es soltar, tomando las herramientas que hemos adquirido, aquello que nos nutre, lo que nos sustenta, lo que suma… y, al mismo tiempo, desprendernos de lo caduco, del lastre, de lo que resta y ya no aporta.

No se trata de tirar todo por la borda cada vez que algo se complica. Se trata de aprender a reconocer cuándo algo ha cumplido con su cometido.

Porque hay cosas que un día fueron necesarias y, sin embargo, llega un momento en que dejan de serlo.

Una forma de relacionarnos, una creencia, una costumbre, una manera de protegernos, un objeto…

Incluso una versión de nosotros mismos.

La naturaleza nos lo muestra en otoño. La naturaleza, esa gran maestra.

Vida que se alimenta de la muerte para seguir dando vida.

Lo que cae no desaparece.

Se transforma.

Se incorpora de otra manera al ciclo.

Por esto, mi invitación a preguntarte, de vez en cuando:

¿Qué hay en mi vida que ya ha cumplido con su función?

Para descubrir que aquello que más nos cuesta soltar no siempre es lo que más necesitamos conservar. Ya que no se trata de aprender a soltar porque todo sea pasajero; se trata de aprender a reconocer cuándo algo ya ha dejado de nutrirnos.

Este domingo 20 nos encontramos en la paseada aromática de otoño — un buen momento para caminar entre lo que cae y preguntarte, sin prisa, qué es lo que ya puedes soltar.

Y si sientes que este es un momento de soltar y de volver a habitar tu cuerpo desde un lugar distinto, en octubre abriré un espacio presencial pensado exactamente para esto. Muy pronto compartiré los detalles.

¿Resuenas con lo que has leído?

De esto y mucho más hablaremos en nuestra paseada del domingo

¿Nos acompañas?

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